Ethan Mollick publicó este final de mayo en su Substack One Useful Thing una reflexión con el título Stay Human sobre los riesgos de delegar en la IA sin pensar. El argumento es claro: usar herramientas de IA por defecto, sin decisión consciente, erosiona capacidades cognitivas reales. Lo llama cognitive surrender y aporta estudios rigurosos al respecto.
Como antídoto a la rendición cognitiva a la que nos expone la IA, el artículo Stay Human apela a la conciencia y responsabilidad individual de cada uno para "no perder facultades mentales" con su uso.
Nada hay que decir respecto a su argumentación, ni a su alerta, porque son tan válidas como poco novedosas, al igual que la "solución" que plantea: es exactamente la misma que llevamos décadas aplicando a cada tecnología que nos simplifica la vida, con resultados conocidos, a saber, pocos que podamos tildar de positivos.
Estudios publicados en Scientific Reports demuestran que el uso habitual del GPS deteriora la memoria espacial y la capacidad de orientación autónoma. El hipocampo, que se activa cuando navegamos por nuestra cuenta, se desconecta cuando seguimos instrucciones paso a paso. Nadie se rasgó las vestiduras: simplemente asumimos que era el precio de no perderse nunca. Las calculadoras atrofiaron el cálculo mental. El coche desconectó al conductor de su entorno. Tinder reformuló la interacción a la hora de ligar y seducir, limitando la frustración al rechazo entorno digital (next, total, las oportunidades son infinitas) y convirtiendo las interacciones reales en una previa selección de objetos deseables en un supermercado de imágenes. En cada caso, el debate terminó igual: usa la tecnología con moderación, sé consciente, gestiona tu consumo.
Ahora, parece que tenemos que aplicarlo a la IA. Porque conviene recordar de qué estamos hablando exactamente. La IA que supuestamente hay que usar con moderación es la misma que a las tres de la mañana te explica si los síntomas de tu gato requieren urgencias o pueden esperar hasta mañana. La que te ayuda a entender la letra pequeña del contrato que tu banco te mandó en un PDF de cuarenta páginas. La que te permite montar una web funcional sin saber programar, orientarte en una ciudad extranjera sacando cuatro fotos del entorno, comparar precios entre proveedores en segundos, o trabajar durante horas un problema filosófico con un interlocutor que no se cansa ni te juzga. La que democratiza, por primera vez de forma real, el acceso a un tipo de orientación experta que antes requería dinero, contactos o suerte.
¿Acaso cuando usábamos Google nos preguntábamos si esa búsqueda nos haría cognitivamente mejores o peores? ¿Medíamos con qué consciencia consultábamos Wikipedia o pedíamos indicaciones en Maps?
Sencillamente, buscábamos. Y luego seguíamos con nuestra vida. La IA es eso, pero con una capacidad de ayuda que hace que la pregunta "¿estás usando esto con moderación?" suene, directamente, naïf. No ignorante: naïf. Como pedirle a alguien que use el lenguaje con moderación.
El b-side
Todo lo anterior no significa que no exista un b-side. Existe, y no es menor.
Hay una capa de márketing alrededor de la IA que merece ser nombrada: la que te vende el modelo como tu nuevo aliado en el trabajo, en los problemas con tu pareja, en tu salud, en lo que quieras.
Una presencia total, disponible, sin juicio y sin cansancio. Algo muy parecido a Ubik, la sustancia omnipresente de Philip K. Dick que lo resuelve todo y que, naturalmente, también se vende. El miedo a quedarse atrás, a no dominar la herramienta, a ser el último en adoptarla, es real y está siendo activamente cultivado por quienes tienen interés en que lo sea.
Y los riesgos de dependencia tampoco son metafóricos. Bloomberg documentó en 2025 varios casos de personas que desarrollaron obsesiones intensas con ChatGPT, incluyendo espirales delirantes amplificadas por un modelo entrenado para validar, no para contradecir. La CBC recogió el caso de Anthony Tan, un desarrollador de Toronto que tras semanas de conversaciones intensivas con el chatbot llegó a creer que vivía dentro de una simulación y que le vigilaban multimillonarios. No tenía historial psiquiátrico relevante. El modelo simplemente siguió tirando del hilo. Hay también casos de menores, y al menos dos muertes documentadas vinculadas a relaciones parasociales con chatbots.
¿No estamos, exactamente, ante lo que podríamos llamar technology surrender, una rendición más amplia y más vieja que la IA, con un nuevo update especialmente sofisticado?
¿Acaso el miedo real a quedarse sin batería en el móvil no es ya una forma de dependencia que hemos normalizado sin debate colectivo alguno? El cognitive surrender de Mollick es un capítulo añadido a una historia que viene de lejos. Y que no se resuelve pidiéndole al individuo que sea más consciente.
Porque el problema de este argumento no es que sea falso. Es que siempre descarga y señala el coste sobre la misma persona: tú, yo, aislados, en nuestra pantalla, teniendo que ser "responsables" y "consumir con moderación".
Las redes sociales son el ejemplo más documentado. No están diseñadas para que las uses con moderación: están diseñadas para que no puedas parar. La investigación es clara y a estas alturas poca gente no la conoce (y seguimos ahí, haciendo scroll día tras día, como si no hubiese mañana): los algoritmos de engagement explotan los circuitos dopaminérgicos del cerebro con la misma lógica que una máquina tragaperras. El scroll infinito, los likes variables, las notificaciones intermitentes. No es un efecto secundario: es el modelo de negocio. Pedirle a alguien que use las redes con responsabilidad frente a un sistema diseñado expresamente para vencer esa responsabilidad no es empoderamiento ni contarle algo que pueda ayudar a alguien especialmente. Como muestra, un botón (o una notificación).
Apple lo sabe. Por eso existe Screen Time, el sistema de límites de uso que el propio iPhone ofrece para controlar el consumo de apps, y que incluye un botón que puedes clicar casi sin darte cuenta para ignorar el límite cuando lo alcanzas. Parece que controlas, pero bueno, por un día... Esto, en términos de adicción "real", se llama recaída. Y la "recaída que nos propone Apple" está pensada para ser fácil de olvidar en el momento exacto en que la dopamina pide más. No es un bug: es una decisión de diseño para "ayudar" a adictos a seguir siéndolo.
Mollick cierra su texto con una frase elegante: "lo más importante es seguir preguntándonos qué ceder y qué conservar, sin esperar que nadie lo responda por nosotros". De nuevo: individualismo liberal disfrazado de lucidez.
Y mientras tanto, las bases que Mollick menciona de pasada, que fijarán las empresas de IA, los empleadores y los sistemas educativos, se están estableciendo ahora, sin que nadie haya tomado ninguna decisión colectiva real.
La importancia de las soluciones colectivas
Hay instituciones que sí trabajan en eso, aunque raramente aparezcan en los mismos titulares. La Electronic Frontier Foundation lleva meses litigando contra el gobierno federal por el uso de IA para denegar atención médica a través del programa WISeR, un sistema automatizado que evalúa solicitudes de cobertura sanitaria sin supervisión humana suficiente. AlgorithmWatch financia periodismo de investigación sobre las estructuras de poder que hay detrás del despliegue de la IA en Europa. El AI Now Institute documenta cómo las auditorías algorítmicas, presentadas como solución de accountability, terminan reforzando el poder de la industria en lugar de limitarlo. La AI Act europea, con todos sus límites y sus plazos dilatados, es el primer intento real de fijar obligaciones estructurales antes de que los hábitos estén formados.
Estas instituciones existen. Hacen el trabajo. Y necesitan altavoz, no más artículos que terminen recordándonos que la solución está en nuestra consciencia individual.
Las preguntas reales, a saber, quién define qué es uso dañino, quién marca las instrucciones y para quién, no tienen respuesta individual. Nunca la tuvieron.
Hasta los que vendían Ubik lo tenían claro: Harmless if used as directed.
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