Un problema muy humano que no puede resolver la Inteligencia Artificial

Entre los debates que ha abierto la IA, el de "lo humano" es el que más pánico desata. Conviene recordar que lo inhumano siempre fue cosa de humanos, y que toda tecnología refleja los intereses de quien la posee. Puede que haya preguntas más urgentes que resolver.

Un problema muy humano que no puede resolver la Inteligencia Artificial
Lo "inhumano" no es únicamente cosa de la IA. — Ilustración IA / Slopedia 2026.

Cuando preparábamos el primer ensayo de humano opcional en runtime press, ocurrió algo revelador: el propio ChatGPT insistía en reconducir la conversación hacia una pregunta que no habíamos planteado:

¿Qué queda de lo humano tras la llegada de la IA?

Hubo que desestimar esa insistencia varias veces. No porque la pregunta careciera de interés, sino porque su insistencia decía algo más interesante que la pregunta misma: un sistema entrenado con millones de textos humanos reproducía, casi compulsivamente, la mayor preocupación que esos textos proyectaban sobre él. La IA, ansiosa por hablar de lo humano. Hay algo ahí.

El problema es que "¿qué queda de lo humano?" asume lo humano como algo que proteger, preservar o recuperar. Y esa asunción tiene un agujero del tamaño de toda la historia: "inhumano" existe como concepto desde mucho antes que cualquier algoritmo. Siempre ha designado actos cometidos por humanos.

La crueldad sistemática, la tortura institucionalizada, la explotación a escala industrial — todo eso es inhumano, y todo es profundamente, inequívocamente humano en su origen. Cuando alguien pregunta qué queda de lo humano con la IA, la pregunta honesta sería: ¿de qué humano estamos hablando, exactamente?

Conviene recordar de qué tradición viene ese concepto. El humanismo (esa corriente que sitúa al ser humano como medida y centro de todas las cosas) forma parte de la historia del pensamiento, pero no ha logrado escribir la historia real, que está plagada precisamente de los actos que el propio humanismo llama inhumanos. Invocar "lo humano" como valor a proteger frente a la IA es una operación que merece cierta suspicacia.

Shannon Vallor, filósofa de ética de la IA en la Universidad de Edimburgo, propone en The AI Mirror (Oxford UP, 2024) que los modelos de lenguaje no son inteligencia sino espejo: reflejan lo que ya éramos, con sus sesgos, sus errores y sus puntos ciegos intactos. No son una amenaza externa sino una imagen de nosotros mismos que preferimos no reconocer del todo. Es una metáfora útil. Pero quizás demasiado amable. Porque hay una versión de esa imagen que no es solo un reflejo pasivo: es una decisión activa sobre qué partes de lo humano se amplifican y cuáles se silencian.

Por otro lado, llamar a la IA simplemente "herramienta" no resuelve el problema, lo desplaza. Donna Haraway lo formuló con precisión en 1991 en su Manifiesto Cyborg

"La tecnología no es neutral. Estamos dentro de lo que hacemos, y está dentro de nosotros." 

Una herramienta construida con determinados datos, financiada por determinados intereses y desplegada sin marcos regulatorios previos no es neutral por el hecho de ser una herramienta. Es, como cualquier tecnología, la materialización de una serie de decisiones sobre qué importa y qué no.

Eso nos lleva a OpenAI. Fundada en 2015 como organización sin ánimo de lucro con la misión declarada de construir una IA que beneficiara a la humanidad de forma segura, la empresa completó en octubre de 2025 su conversión a entidad con fines de lucro. En el proceso, algo discreto pero significativo ocurrió: eliminó la palabra "safely"  ("de forma segura") de su declaración de misión oficial ante el fisco estadounidense. La formulación original rezaba que su objetivo era construir una IA que "beneficiara a la humanidad de forma segura". La nueva: "asegurar que la inteligencia artificial general beneficie a toda la humanidad." Un adverbio menos. Una promesa menos. Y una empresa con obligaciones ante sus accionistas que antes no existían.

¿Es eso inhumano? No en el sentido dramático. Es perfectamente humano: una empresa con obligaciones ante sus inversores tomando decisiones que priorizan el crecimiento sobre las cautelas. Lo que resulta más difícil de sostener es el marketing que lo acompaña, la narrativa de que estamos ante el mayor logro de la historia de la humanidad, ante una herramienta que va a resolver el cáncer, la pobreza y la desigualdad. Esa narrativa no está probada. Y se parece sospechosamente a otra que ya conocemos: la que rodeó el lanzamiento de las redes sociales, aquellas plataformas que iban a conectar al mundo, democratizar la información y acercar a las personas. Lo que siguió está documentado y sigue documentándose.

La pregunta que merece plantearse no es qué queda de lo humano con la IA. Es si alguna vez tuvimos claro qué partes de lo humano queríamos que quedaran.

Lanzar una tecnología de esta potencia sin marcos regulatorios previos, sin muros de contención reales, y venderla simultáneamente como salvación de la especie no es un fallo de la máquina. Es una decisión tomada por personas identificables, con intereses económicos concretos y una notable capacidad para mantener dos discursos en paralelo: el del bien común y el del retorno a los inversores.

Por lo tanto, si bien la pregunta acerca de la "bondad" o "maldad" de la tecnología siempre es pertinente pero ya ha sido debidamente debatida desde los noventa, el boom de la inteligencia artificial nos aboca a otra cuestión igualmente relevante:

Ante el comprensible miedo a la deshumanización en su amplio espectro (capacidades, creatividad, seguridad o conocimiento) que supone la irrupción de la IA, ¿quién decide qué partes de lo humano merecen conservarse, quién paga por esa decisión y quién sale perdiendo?

Fuentes "OpenAI has deleted the word 'safely' from its mission", The Conversation, febrero 2026. Donna Haraway, "A Cyborg Manifesto", en Simians, Cyborgs and Women, 1991. Shannon Vallor, The AI Mirror, Oxford University Press, 2024. humano opcional, runtime press, 2025.

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